Empatía (1999–2021)

Photo by Aarón Blanco Tejedor on Unsplash

Aún sostengo lo que dije en 2015 cuando escribí sobre ella por primera vez y hasta aumento la apuesta: Inside Out de Pixar es la película más importante del siglo XX, de cualquier género. Los invito a leer el post completo, claro, pero lo resumo así: esa película enseña la importancia de saber cómo ponerse en los zapatos del otro y entender por lo que está pasando. Que la vida es difícil sin importar la edad en la que estamos y muchas veces nos va a golpear, duro, y nos vamos a derrumbar, y es bueno tener alguien con quién contar para que nos ayude a levantarnos de nuevo.

Esa es la esencia de la empatía, el sentimiento de poder identificarse con alguien y compartir sus sentimientos (esto sacado directamente de la RAE). Es cuando entiendes que alguien cercano a ti está teniendo un mal momento y puedes quizá echar una lloradita con él o ella. O está teniendo un momento de triunfo y te sientes bien, tan bien que por un momento quizá olvides tu propia pena. Es un sentimiento que uno ve incluso en perros — como todo dueño de un peludito puede atestiguar, incluyéndome — y en algunos otros miembros del reino animal, pero está bien desarrollado en los humanos.

O al menos eso queremos pensar… mientras no entremos a Twitter en ciertos momentos.

No hay forma de ponerlo sencillo: luego de más de dos décadas de golpes literales o ficticios, se puede decir que la empatía es una especie en extinción en Venezuela. Es demasiado fácil recibir una andanada de insultos al tener una opinión moderada o semi polémica, o lograr algo afuera que parecía imposible en el país, o, más recientemente, ser sobreviviente de un abuso físico o sexual.

Claro, tampoco quiero achacar toda la falta de empatía a los venezolanos. No, esto también lo veo en los estadounidenses, o mínimo a los que viven acá. Aún estamos en pandemia, pero, ¿cuántos aún tienen problemas para ponerse una simple máscara porque “eso viola mis libertades”? ¿Cuántos no les importa cuántos muertos han habido si eso no les afecta? ¿Cuántos se niegan a vacunarse porque creen que lo que dicen ellos tiene que ser santa palabra? Y miren, no se pongan a hablar conmigo de cómo tratan a gente que los sirve, porque las “Karen” son reales. Una cosa es reírse de ellas en redes y otra es verlas en su estado natural.

Pero esta semana fue de Venezuela, mi gente. Así que de Venezuela y venezolanos escribo.

No es la primera vez que escribo sobre esta calidad de mi gente, y algo me dice que no será la última tampoco. Porque desde 2016 las cosas aún siguen mal y hasta peor. Somos cinco millones que hemos tenido que dejar nuestros amores atrás, sea familia, amigos, recuerdos. Vemos cómo la situación en casa sigue siendo dolorosamente precaria. Veo los precios que citaba en ese artículo que escribí en 2016 y es casi risible, porque en cinco años le han salido colas de ceros demasiado largas para la comprensión. Y eso ha endurecido notablemente el corazón de muchos, como una gran sala llena de sobrevivientes con síndrome de estrés post-traumático. Si no estás con ellos, estás en contra, y no eres oponente, eres enemigo.

Mi mayor dolor fue ver lo sucedido esta semana. El movimiento #MeToo llegó con fuerza al país, con acusaciones de abuso sexual de varios músicos, actores y un escritor que no pienso volver a nombrar. El dolor que han causado tantas denuncias y ese horrible acto final del escritor fue duro de leer, pero más duro fue ver cómo tantos no veían a las víctimas, no pensaban “mira, vamos a escucharlos”.

Nos hemos convertido en un pueblo acostumbrado a la violencia, y al dolor, y con eso respondemos. Tratar de mostrar decencia con un contrario es señal de debilidad. Ni se te ocurra enviar un pésame por la muerte de alguien que conociste toda la vida, así haya sido una mierda en vida (que lo fue); no, esa muerte hay que celebrarla. ¿Pensar en los familiares del suicidado, que deben tener doble trauma ahorita? ¿Para qué? “¿Quién los manda?”

Pero yo callo, cuando lo veo a mi alrededor. Suscribo lo que tuiteó el escritor Leonardo Padrón.

Lo entiendo. O lo trato de entender. Pero no puedo compartirlo. Solo dejo, en mi empatía, que la gente se desahogue, a menos que vea a mis seres queridos caer en el racismo, o en la auto-flagelación. Pero no puedo compartirlo porque aún estamos quienes no queremos una reconstrucción sobre el odio. No quiero ver que los cimientos que se construyan sobre la tumba del chavismo, cuando llegue, sean más resentimiento, porque eso es lo que llevó al chavismo No quiero ver a mis sobrinos recién nacidos crecer en una sociedad de odio (gracias a Dios por sus maravillosos padres que sé que los criarán con tanto amor que espero que los refugie de eso).

La empatía es quizá una de las características que nos hace más humanos. Porque al reconocer al otro como igual, podemos compartir experiencias, situaciones, luchas, triunfos. Podemos tratar de encontrar soluciones. Pero eso se está perdiendo en el gentilicio que llevo con orgullo. Si alguna vez apoyaste al chavismo, siquiera de manera tangencial, nadie te cree tu arrepentimiento. Si has mostrado una posición moderada, eres un debilucho. Si no crees en aquello que “preferible un Chávez de derecha que uno de izquierda”, pues eres igual de malo. Y así nadie se ve en el otro, sigue el “ellos contra nosotros”, y la sociedad sigue empeorando.

Y yo escribo, y critico, y trato de hacer lo que pueda para tratar de salvar la empatía desde mi pequeña tribuna.

Pero oigo el ruido de la máquina que mantiene a la empatía viva, y es distante, débil… y no sé dónde encontrar al médico.

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Periodista venezolano. Lucho por encontrar equilibrio en un mundo desequilibrado. / Venezuelan journalist, struggling to find balance in an unbalanced world.

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Juan Carlo Rodríguez

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